Obama, Helle Thorning-Schmidt y David Cameron en el funeral de Mandela.
Exposiciones de Fotografia en Buenos Aires

Muere la fotografía?

La pregunta surge a partir de la revolución producida por los celulares con cámara. Responden varios fotógrafos profesionales.

POR STUART JEFFRIES – Nota publicada en Revista Ñ

 Obama, Helle Thorning-Schmidt y David Cameron en el funeral de Mandela.
Obama, Helle Thorning-Schmidt y David Cameron en el funeral de Mandela.

“Es extraño”, dice Antonio Olmos. “La fotografía nunca fue tan popular pero la están destruyendo. Nunca se sacaron tantas fotos, pero la fotografía se muere”.

Yo le había preguntado al premiado fotógrafo mexicano de 50 años que vive en Londres qué creía que le ocurriría al medio luego de pasar a primer plano de la manera menos favorecedora. Fue la semana en que la foto más reproducida mostraba a una mujer (la primera ministra danesa Helle Thorning-Schmidt) tomándose una foto (una selfie o autofoto con dos hombres que pasaron a llamarse “Los angeles de Helle”, David Cameron y Barack Obama) en el funeral de Nelson Mandela. Era una imagen que parecía tipificar el carácter narcisista de las fotografías sacadas con smartphones.

Pero, cosa curiosa, la foto del trío de políticos fue tomada por el fotógrafo de la Agencia France Presse Roberto Schmidt con una cámara digital SLR y una gigantesca lente de 600mm. Los fotógrafos de prensa rara vez usan iPhones. ¿Deberían hacerlo? Hoy las principales víctimas de las cámaras de los celulares son los fabricantes de cámaras compactas. Hace apenas dos años, Annie Liebovitz ayudó a enterrar definitivamente a esas cámaras del mercado medio al decir que el iPhone era la “cámara instantánea de hoy”. ¿También la de mañana? Quizá las funciones del celular con cámara lleguen a ser tan maravillosas que todos los perdedores que gastan sumas de cuatro –y cinco– cifras en cámaras digitales SLR ( single lens reflex o réflex de objetivo único) se verán invadidos por el remordimiento del comprador y los fotógrafos de prensa sacarán fotos con las mismas cámaras que el resto de nosotros.

Esa fue también la semana en que los psicólogos hablaron del efecto de bloqueo que provoca la toma de fotografías. Esto significa que, si sacamos una foto de algo, es menos probable que lo recordemos que si lo hubiésemos mirado con los ojos. “Cuando las personas recurren a la tecnología para que esta recuerde por ellas –argumentó la psicóloga Linda Henkel, de la Universidad Fairfield de Connecticut–, contando con que la cámara registrará el hecho y no necesitarán prestarle total atención, esto puede tener un efecto negativo en la precisión con que recuerdan sus experiencias”.

Estamos acostumbrados a oír la queja de que sacamos fotos en lugar de vivir el momento y que eso empobrece nuestra experiencia. Pero el estudio de Henkel parece ir más allá. Sugiere que ni siquiera recordamos las cosas que fotografiamos, lo que hace que el disparo fácil propio de la fotografía moderna sea doblemente inconsciente.

“La gente le saca fotos a la comida del restaurante en lugar de comerla –dice Olmos–. La gente le saca fotos a la Mona Lisa en lugar de mirarla. Creo que el iPhone está alejando a la gente de sus experiencias”.

¿Qué quiere decir Olmos cuando asegura que la fotografía se está muriendo? Sostiene que, en la década de 1850, el surgimiento de la fotografía hizo que muchos pintores, que antes se ganaban la vida sin problemas pintando retratos familiares, fueran superfluos. Ahora les toca el turno de ir a parar al tacho de basura a los fotógrafos profesionales. “A los fotógrafos los está destruyendo la difusión de los iPhones. Los fotógrafos que ganaban 1.600 dólares por fin de semana sacando fotos de casamientos son los que se verán afectados. Cada vez necesitamos menos a los fotógrafos: podemos nosotros mismos hacer las cosas tan bien como ellos”.

¿Pero no quiere decir eso que algunos fotógrafos se están volviendo obsoletos y no que la fotografía misma está muriendo? ¿Lo que estamos presenciando no es una revolución de la fotografía que, gracias a la tecnología digital, se vuelve más democrática? “En un sentido, sí. Solían mandarme en misión a Irak y Afganistán y a fotografiar la Intifada en parte porque no había fotógrafos locales. Ahora, gracias a la tecnología digital, hay gente del lugar que toma imágenes por lo menos tan buenas como las mías”.

Pero luego aclara Olmos: “No me malentienda. Me encantan los iPhones e Instagram. Pero lo que me preocupa es que Kodak daba un buen empleo a 40.000 personas. ¿Con qué han sido reemplazadas? Con doce personas en Instagram”.

El progreso a menudo causa víctimas, insinúo. “No me opongo al progreso en la fotografía –responde–. Me agrada que no haya cuartos oscuros ni sospechosos productos tóxicos que uno arroja con culpa a la pileta”.

Pero hay una razón de más peso que lleva a Olmos a afirmar que la fotografía se muere. “El iPhone tiene una lente de porquería. Uno saca una linda foto con el iPhone pero, cuando la amplía para imprimirla, se ve horrible”.

¿Pero quién necesita impresiones en un mundo sin papel? “Para mí, la impresión es la máxima expresión de la fotografía –replica–. Cuando doy cursos de fotografía callejera, hago que la gente imprima las fotos… a menudo por primera vez. La idea es desacelerarlos, lograr que hagan fotografías y no sólo que las tomen”.

El fotógrafo de The Guardian Eamonn McCabe coincide: “A riesgo de parecer uno de esos pesados que prefieren el vinilo a los CD, creo que las impresiones tienen una profundidad que no se logra con lo digital”. Hace poco buscó una vieja foto que le había tomado a la novelista y Premio Nobel Doris Lessing, que murió en noviembre pasado. “Era una foto en blanco y negro que saqué con una Hasselblad, y trípode. Me retrotrajo a la época en que la fotografía no hacía que las personas como yo se volvieran perezosas”.

¿Por qué la fotografía digital nos vuelve perezosos? “Es como una escopeta. Uno saca y saca fotos pensando: ‘Alguna de estas tomas va a salir bien’, en lugar de concentrarse en capturar la imagen”.

McCabe antes sacaba dos rollos de 24 fotos cuando le encargaban un trabajo. “Ahora puedo tomar mil fotos en digital en una de esas sesiones. Y como resultado de ello, me creo un gigantesco problema de edición. No me parece que la fotografía esté muerta, es sólo que se ha vuelto perezosa. La gente saca un montón de fotos pero nadie las mira”.

En busca de una visión más positiva de lo que la tecnología digital y los celulares han hecho por la fotografía, hablo con Nick Knight, fotógrafo de moda británico que acaba de realizar dos trabajos importantes sólo con un iPhone: un libro de sesenta imágenes para rendir homenaje al trabajo de la fallecida editora de moda Isabella Blow, y una campaña para la marca de ropa de diseñador Diesel. “Trabajo a menudo con el iPhone. Casi se ha convertido en mi cámara preferida”.

Knight considera que la revolución democratizadora que se vio acelerada por la mejora en las cámaras de los celulares es tan radical como lo que ocurrió en los años 60, cuando el fotógrafo de moda David Bailey tiró a la basura su trípode y empezó a usar una cámara de mano. “Le dio libertad y cambió artísticamente lo que era la fotografía. Lo mismo me pasa a mí con el iPhone. Durante años usé una cámara 8×10, que no estaba pensada para que la movieran. Ahora tengo libertad”.

¿Pero qué dice de la lente “de porquería” del iPhone? “¿A quién le importa? ¿La imagen no es nítida? ¡Qué problema! Uno de mis fotógrafos predilectos es Robert Capa, cuyas fotos a veces están un poco movidas: me encantan porque captó un momento. Lo que me interesa es la conexión visual con lo que estoy fotografiando, no la nitidez absoluta. Es absurdo que la gente crea que todas las fotos tienen que ser de alta resolución. Lo que importa desde el punto de vista artístico no es cuántos píxeles tiene sino que la imagen funcione. La gente hace un fetiche de la tecnología en la fotografía más que en ningún otro medio. Nadie, salvo los obsesivos de los pinceles, tienen una fijación con qué pinceles usan los hermanos Chapman. Las máquinas con que uno crea su arte son intrascendentes”.

No tanto. El iPhone revolucionó la fotografía de Knight y él lo sabe. “Puedo envolver una esfera con una imagen, puedo retirar los valores blancos o negros de una imagen. No podría decirte cómo funciona, pero me entusiasma”.

¿Pero eso no implica una pérdida? Como dice McCabe: “ya no le prestamos atención a la cámara. No sabemos cómo funciona”.

“Todo eso no me importa”, dice Knight. Lo que atrae su atención es que la fotografía se ha vuelto verdaderamente democrática. “Cuando era chico, sólo había una cámara por familia. Ahora todos tienen una y la usan todo el tiempo. Eso es genial”. ¿Por qué? Knight últimamente está investigando las imágenes de bandas punk. “Casi no hay imágenes, y todas son de cuando están en el escenario. Compare eso con lo que ocurre ahora: en un concierto de Kanye West uno ve un mar de cámaras, y hay una base de datos de imágenes. Eso me parece fantástico: el nuevo medio es mucho más democrático”.

¿Pero el sacar fotos incesantemente no nos hace olvidar, como dice la psicóloga? “Es una estupidez”, dice Knight. “ ¿Qué tiene que alguien se pare frente a un Matisse y le saque una foto para mirarla mientras vuelve a casa en el ómnibus? Me parece genial si tiene ganas”.

Es difícil que los fotógrafos profesionales no se sientan amenazados. “Los fotógrafos de planta son un producto cada vez más escaso, gracias a los agresivos recortes de costos de los diarios y revistas, y los fotógrafos aficionados usan los avances tecnológicos para producir imágenes impresionantes, a menudo usando sólo sus celulares”, señala Magda Rakita, estudiante de 37 años de la Universidad de Artes de Londres y fotógrafa profesional. “Sin embargo –agrega– los avances tecnológicos también operan a nuestro favor. Permiten que los fotógrafos compartamos nuestro trabajo rápidamente y con mucha gente y que contemos historias de un modo interesante e innovador. Piense, por ejemplo, en las producciones multimedia, las aplicaciones para iPad o los libros electrónicos, o en la posibilidad de poner los trabajos al alcance de todos por Facebook, Twitter o Instagram.

De cualquier modo, los fotógrafos consagrados no necesariamente tienen que preocuparse por la democratización de su medio. “Voy a sobrevivir en esta profesión porque tengo aptitudes”, dice Olmos. “Cuento historias con imágenes; mis composiciones son mejores que las de la mayoría de la gente. El hecho de que alguien tenga un microprocesador en la computadora no lo convierte en escritor. Y por el hecho de tener una aplicación de Instagram en el teléfono, una persona no es un gran fotógrafo”.

(c) The Guardian. Traducción: Elisa Carnelli

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