Adriana Lestido
Exposiciones de Fotografia en Buenos Aires

Adriana Lestido, Entrevista

“El sentido de mis fotos es acercarme a la verdad”
Comenzó en 1979, tras la desaparición de su marido, el militante Willy Moralli. Su foto “Madre e hija de Plaza de Mayo” se convirtió en un ícono de la resistencia contra la dictadura. Sus series forman parte de la memoria colectiva de una sociedad que muchas veces sigue sin ver.

Nota publicada en Tiempo Argentino

Adriana Lestido
Adriana Lestido

En noviembre de 1982, Adriana Lestido tenía 27 años y una cámara de fotos. Hacía apenas una semana que había entrado a trabajar como reportera gráfica en el diario La Voz y la habían mandado a cubrir una marcha contra la dictadura, en la Plaza Alsina de Avellaneda. Entre los que marchaban, llamaban la atención una madre y una hija con sus cabezas cubiertas con pañuelos blancos, que acompañaban con angustia todas las consignas. Los colegas dispararon algunos cuadros y luego se concentraron en los oradores del acto. Pero Adriana esperó unos minutos, hasta que la madre alzó a la nena, y entonces fotografió la dignidad y la tristeza más profunda. Pasaron 30 años desde aquella tarde y la foto sigue gritando, sigue doliendo. Nunca se hubiera imaginado Adriana que esa toma se volvería ícono de la resistencia a los militares. Y al mismo tiempo, la imagen de su propio dolor: en 1978 desapareció su marido, el militante Guillermo “Willy” Moralli. “Hace poco me di cuenta de que esa imagen fue fundante de todo mi trabajo posterior. La búsqueda de ellas era también la mía. Lo sigue siendo”, dice Lestido. Porque Adriana continuó poniendo luz sobre madres, hijas, hombres ausentes, pérdidas. Temas que siguen gritando, que siguen doliendo. Como sus series “Hospital infanto-juvenil”, “Madres adolescentes”, “Mujeres presas”, “Madres e hijas”, “El amor”, y “Villa Gesell”, entre otras, que conmueven por su honestidad y compromiso y que han ganado premios y distinciones en todo el mundo.

–Empezaste a sacar fotos meses después de la desaparición de Willy. ¿Cuándo te diste cuenta de que esa ausencia iba a ser una marca tan importante?
–No era consciente del poco tiempo transcurrido entre su desparición y la irrupción de la fotografía en mi vida. Los años previos a la dictadura y hasta el ’78 fueron intensos. Me di cuenta de que entre el ’73 y el ’78 habían pasado sólo cinco años. Para mí fueron como 20 o 30. Cuando monté la retrospectiva en la sala Cronopios, en Centro Cultural Recoleta, en 2008, que dio origen al libro Lo que se ve, me di cuenta de que había pasado menos de un año entre su desaparición y haber empezado a hacer fotos.

–¿Nunca lo habías pensado?
–Para nada. En la casa de mis viejos había una camarita vieja que estaba en el ropero y me llamaba la atención. Jamás saqué fotos ni recuerdo haber visto a alguien detrás de esa cámara. Sí recuerdo que ya desde chiquita me gustaba el cine, me apasionaba. Iba sábados y domingos a las funciones de tres películas. En el ’79, después de haber estado en distintas cosas y desorientada vocacionalmente, empecé a estudiar en la Escuela de Cine de Avellaneda, que dirigía Rodolfo Hermida.

–Estudiaste ingeniería y luego enfermería.
–Estuve en ingeniería desde el ’73 y hasta el ’76, pero militando en Vanguardia Comunista. Quise dejar la carrera porque no era lo mío; quería estudiar psicología. Pero mis compañeros pensaban que mi presencia en la universidad era valiosa porque no había muchas mujeres. Recibía presiones para seguir. Después vino la proletarización y teníamos que buscar trabajo en las fábricas. Pasé por una textil, duré poco. Después me puse a estudiar enfermería, pero a fines del primer año abandoné. La militancia era intensa. En el ’75 fueron las tomas, estaba Oscar Ivanissevich de Ministro de Educación (su objetivo explícito era “eliminar el desorden” en la Universidad), había una movida muy fuerte. Ya en el ’76 dejé la facultad.

–No había conciencia de la barbaridad que iba a venir después.
–No. Pero recuerdo el terror con la Triple A. Compañeros de militancia aparecían asesinados ya en el ’75. Willy estudiaba ingeniería, no terminó la carrera. Estaba avanzado, era seis años más grande que yo. Nos conocimos militando, en la facultad. Él era el secretario del centro de estudiantes, junto con Daniel Winer, que desapareció en el ’75, lo secuestró la Triple A ahí mismo y apareció muerto varios días después en un descampado. Lo que nadie imaginaba era que desde el Estado se viniera una cosa así.

–¿Qué te pasó después de que Willy desapareció?
–Zafé gracias a él. Cuidó que no se dijera mi dirección, me había mudado hacía poco y un amigo que había caído la conocía. A pesar de que en ese momento estábamos separados, igual nos veíamos. Nos encontramos en un colectivo, creo que el día anterior al que lo secuestraron. Quedamos en que me iba a llamar, estaba clandestino, se había ido a la casa de un compañero por seguridad. En realidad, lo fueron a buscar al pibe y cayó él. Después, fui a buscar la partida de casamiento que había quedado en nuestro departamento con la fantasía de que lo iban a pasar a disposición del PEN. Pensaba que podría visitarlo en la cárcel. Sin embargo, hace un tiempo encontré un diario que yo escribía en ese momento. No era consciente pero sabía internamente que lo habían matado. Fue fuerte darme cuenta que sabía. ¡No sé cuándo se puede perder la esperanza de encontrar a alguien desaparecido!

–¿Analizaste la posibilidad de irte?
–Ni se me pasó por la cabeza. Estaba en un estado de locura, con tanta muerte alrededor. Vivía pensando que si tenía que pasar que pase. Me acuerdo del terror de cada noche al llegar a mi casa. Lo único que hice fue irme una semana a lo de un amigo. Del país nunca.

–Después vinieron los cursos de cine y fotografía. Empezaste a trabajar como reportera y sacaste la imagen emblemática de la resistencia.
–Era un acto contra la dictadura a la semana de haber entrado en La Voz, que fue mi primera redacción. Me había presentado en varios medios, pero no me daban cabida por ser mujer. La Voz fue el único diario en el que aceptaron ver mis fotos. Lo único que había hecho por mi cuenta, como reportaje, era una serie sobre la inundación en Villa Albertina. Y me mandaron a cubrir el acto de las Madres en Avellaneda. La nena del pañuelo blanco en la cabeza estaba parada, llorando, cuando todos la fotografiaron. Pero me dio pudor y no pude levantar la cámara. Mis colegas se fueron y me quedé al lado de ellas. En un momento la madre levantó a la nenita y pude hacer la foto.

–Durante mucho tiempo pensaste que reclamaban por un marido/padre, pero sin embargo se trataba de un hermano/tío. ¿Las volviste a ver?
–Las quise ubicar, siempre preguntaba por ellas, a Nora (Cortiñas, Madre de Plaza de Mayo), a todos. Muchos las recordaban, pero no sabían dónde vivían. Siempre pensé que era el marido de la chica y el padre de la nena, pero no, se trataba de su hermano (y tío), Avelino Freitas, un dirigente obrero de Molinos. La mujer (Blanca Freitas) tenía 30 años en ese momento, era una Madre de Plaza de Mayo atípica, no pedía por su hijo. Finalmente, hace tres años me escribió una docente del sur, de Sarandí, que está trabajando con Blanca y ahí las pude contactar.

–¿Cómo fue el encuentro?
–Muy lindo. Es gente muy cálida, amorosa, luchadores de toda la vida. La idea era que estuvieran las dos, pero la hija no pudo ir. Pero estaba la nietita de Blanca, que es igual a su hija cuando la fotografié. ¡Tiene la misma edad y es igual! Fue fuerte, hermoso.

–Esa foto ganó un el primer premio en un concurso de la Asociación Permanente por los Derechos Humanos, en 1984 ¿Qué significó para vos?
–Fue un concurso muy bueno, con fotógrafos muy buenos. Recién empezaba, fue conmovedor. Y hoy siento que fue importante que el primer premio que me dieron tuviera que ver con los Derechos Humanos.

–Siempre está presente en tus muestras.
–Sí, siempre la quise mucho pero recién cuando preparé la retrospectiva en Cronopios con la intención de resignificar el sentido de mi trabajo, me di cuenta de lo clave que fue esta imagen en mi camino.

–Marcó lo que trabajaste después.
–Sí, el hombre ausente, el dolor, la fuerza, el vínculo fuerte entre la madre y la hija. La separación. Esta ahí todo, en esa primera foto.

–Tu manera de ver inauguró una etapa en el fotoperiodismo. Y tu trabajo forma parte de la memoria colectiva.
–No deja de asombrarme. Mucha gente conoce la foto pero no saben de quién es. Eso me gusta. Me impresiona la vida propia que tiene y eso es lo que le da valor. Me gusta cuando las imágenes hacen su camino más allá del autor. La han usado, intervenido de muchas maneras. En Rosario hicieron pintadas con el contorno de la foto para una movida feminista, llenaron las paredes de la ciudad con esa imagen. También la usaron, y no me dijeron nada, para una actividad sobre Evita desde la Secretaría de Cultura. Inspiró canciones, poemas, textos.

–Tus trabajos ponen luz en lo que muchos no miramos. Esas mujeres, aunque hoy sean otras, siguen llorando, siguen doliendo ¿Qué te llevó a cubrir estas cuestiones?
–No busqué intencionalmente trabajar sobre temas que tuvieran esa relevancia social. Nunca fue así. No sé qué fue lo que me llevó. De alguna manera siempre siento que los temas me elijen a mí. Tiene que ver con mi historia, mi condición de mujer, con mi militancia. Con mis oscuridades que necesitaba nombrar y ver. Que después eso tenga una relevancia social importante está buenísimo pero no es algo que busqué. No fue mi intención. Celebro que así sea, pero surgió desde otro lugar, de mi propia necesidad.

–¿La necesidad como motor de creación?
–Es lo único que valida la creación. Que sea algo vitalmente necesario. Hay tantas imágenes… Está bueno mirar un poco más por el simple acto de mirar. Esa compulsión de plasmar en imagen todo, no sé. Lo que quiero decir es que lo que después trasciende en el tiempo es sólo lo que surge por necesidad genuina, es lo único que le da sustancia a la expresión.

–En estos 30 años hiciste escuela, muchos fotógrafos lo son porque han visto tu trabajo. ¿Cuál es tu mejor lección?
–Habría que preguntarle a ellos. Creo que los ayudo a conectar con algo bueno de sí mismos. A limpiar un poco, a sacarse ruido. No es diferente al sentido de mi vida. Voy limpiando para que haya espacio y surja lo que tenga que surgir. Poder llegar a ser lo que se es, que la semilla no se estanque y llegue a ser lo que está latente.

–Tu obra recorre el mundo. ¿Pensaste en algún momento que ibas a llegar hasta acá?
–No, la vida me fue llevando. No sé si anhelé algo alguna vez. Cosas más a nivel personal son las que anhelo, como ser más libre. El haber empezado bien de abajo me da una raíz. Aunque durante mucho tiempo los logros me producían mucha angustia. Me enloquecían, me costaba disfrutarlos. Permitirme merecer me llevó varios años.

–A Willy le dedicaste tu último libro. ¿Qué recordás de él?
–Recuerdo su voz y su alegría. Su mirada. Era muy optimista, luminoso, apasionado. Un hombre hermoso en todos los sentidos. Durante muchos años levanté un muro y desconecté emocionalmente de la pérdida, cosa de sobreviviente, quizás necesaria para poder seguir, que protege del dolor pero que te aleja de la vida. Recién en 1996, cuando hacía la serie “Madres e hijas”, fotografiando a Marta Dillon y a su hija Naná (la mamá de Marta fue secuestrada y desaparecida cuando ella tenía diez años y ella comenzaba a militar en HIJOS), pude conectar emocionalmente no sólo con mi madre sino también con Willy. Recién entonces pude pasar la pared y conectar con la pérdida.

–¿Hacer el libro y la retrospectiva es de alguna manera cerrar esta etapa?
–Quiero creer que sí, pero nunca se sabe. Quizás sea gráfica la frase final de El Gran Gatsby: “Y así vamos adelante, botes que reman contra la corriente, incesantemente arrastrados hacia el pasado”. Quizás sea eso, que uno vaya para adelante volviendo una y otra vez para atrás. Por suerte algo va cambiando y nunca es al mismo lugar.

–¿Tu trabajo es una búsqueda de la verdad?
–Ese es el sentido, mi elección, acercarme a alguna verdad. Creo que Peter Handke decía que la belleza es la verdad con alas. La creación tiene como una felicidad que le es propia, por más doloroso que sea lo que se muestre. Es una búsqueda de verdad y de belleza. «

Por qué Adriana Lestido
Porque en estos estos 30 años retrató con honestidad y compromiso a madres adolescentes, mujeres presas, niños en hospitales; trabajó sobre la relación entre madres e hijas, o el amor y la soledad en la naturaleza. Su última antología, Lo que se ve, está dedicada a su marido desaparecido, Guillermo “Willy” Moralli.

tres décadas en una imagen
murió preso
Lestido eligió dos momentos. El primero se refiere a la marcha del 30 de marzo de 1982, cuando una multitud asistió a la Plaza de Mayo convocada por la CGT. La convocatoria pretendía entregar un documento en Casa Rosada, cuando se inició una dura represión. “Había ido a la plaza y fue la primera marcha multitudinaria contra la dictadura. Fue muy reprimida. Pero ahí, viendo a la gente, hacía tanto que eso no pasaba, sentí que la dictadura se acababa. Después fue una locura porque a los dos días fue lo de Malvinas. La locura fue internamente mayor para mí. Me sentía muy sola, mucha gente de izquierda estaba de acuerdo con la guerra. Pero recuerdo esa emoción de pensar que la dictadura se iba a acabar.” La siguiente imagen es el final de Videla: “Que Videla haya muerto preso en una cárcel común es para mí uno de los máximos logros de la democracia.”

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