Exposiciones de Fotografia en Buenos Aires

Entrevista a Maya Goded

Maya Goded – Postales de la Soledad
(Nota publicada en NUESTRA MIRADA)

¿Qué significa ser mujer? Maya Goded buscó obsesivamente una respuesta a esta pregunta. Y no la encontró entre vírgenes y figuras maternales, sino entre los exponentes rotos de un género acostumbrado a resistir. Durante años, esta artista se dedicó a retratar el dolor y el silencio que se encarnan en un cuerpo (social e individual a la vez) y el resultado ha sido una obra que nombra, ilumina y acompaña una interminable fila de vidas imperfectas. Entre esos ensayos está Sexo-servidoras: un registro áspero y honesto que refleja, con ternura pero sin concesiones, la cara más incorrecta de la feminidad.

Por Pablo Corral Vega y Josefina Licitra

libro PLAZA DE LA SOLEDAD

Algunas fotos le duelen. Algunas personas que conoce –y luego retrata- le duelen. Por eso, en ocasiones, cuando Maya Goded queda frente a una de sus imágenes, siente una profunda tristeza.

– Ver mis fotos, para mí, puede llegar a ser una tortura. Y tener que enseñarlas públicamente, en un congreso por ejemplo, ha llegado a ser horrible. Me he deprimido. En esas fotos también está tu vida. En esas fotos también estás tú.

Maya toma fotos desde que, a los quince años –hoy tiene cuarenta-, supo que el lenguaje de la imagen era más posible para ella que el de las palabras. Desde entonces, ha hecho infinitos trabajos que pueden resumirse en un único relato: el de ella misma. El de Maya desdoblada y reflejada en las cientos de mujeres –porque sus historias son, principalmente, historias de mujeres- que se dejan capturar por un ojo lastimado y redentor. Así nació Tierra Negra, su primer ensayo –realizado en 1993-, un trabajo que mostraba la vida cotidiana y los rostros de una comunidad en la frontera entre Guerrero y Oaxaca, y que –si bien incluía a ambos géneros- encontró su mayor intimidad en los relatos femeninos. Y así siguieron sus otras fotografías, que incluyen mujeres que desaparecen en el desierto de Ciudad Juárez; fervores religiosos encarnados en las prácticas de brujas y chamanes; prostitutas; y –en definitiva- un universo tremendamente accidentado y humano, que el crítico Eduardo Vázquez Martín resumió de esta perfecta manera: “El de Maya Goded es un mundo de imágenes y experiencias que son como perros heridos en la carretera; agonías que preferimos no mirar”.

– Hay cosas que tienes que resolver en tu vida y siento que la foto ha sido una forma de curarme de fantasmas o miedos que tenía de pequeña –asume Maya-. Fotografiar ciertos fantasmas ha sido una forma de exorcizarlos y entenderlos. No es algo instantáneo. Sales, tomas fotos y luego, en algún momento, entiendes el por qué de ciertas obsesiones.

¿Qué significa ser mujer? Maya buscó insistentemente una respuesta a esta pregunta. Y no la encontró entre vírgenes y figuras maternales, sino entre exponentes incorrectos de la feminidad. Durante años, esta artista –quien se inscribe en la escuela mexicana contemporánea, que tiene entre sus máximos exponentes a Manuel Álvarez Bravo, Graciela Iturbide y Pablo Ortiz Monasterio- se dedicó a retratar mujeres que dignifican y a la vez sobreviven a su propio género. Uno de sus trabajos más reconocidos es Sexo-servidoras: un ensayo áspero y honesto -del que se reproducen varias fotos en Nuestra Mirada- que ganó el prestigioso premio “W. Eugene Smith Fund Award“ y que cuenta los días y las noches de las prostitutas del barrio La Merced, ubicado en la Ciudad de México.

– Trabajo siempre sobre los mismos temas: la violencia en el cuerpo, la transformación, la sexualidad. La violencia y el amor que puede haber dentro de la violencia. Son obsesiones que sigo investigando a lo largo de los años y que además son muy complejas. Si metes un dedo en el tema de la mujer es muy impresionante hasta dónde te puede llevar.

Buenas mujeres. Maya creció en la Ciudad de México, donde la moral católica decreta lo que debe ser una “buena mujer”. Las madres y las vírgenes son, según esta mirada, dos imágenes míticas. Como si la condición del cuerpo decidiera el valor como personas y, finalmente, el destino. ¿Pero qué es, realmente, una “buena mujer”? Cuando Maya quedó embarazada, la necesidad de encontrar una respuesta por afuera del canon religioso se le hizo más urgente.

Sexo-servidoras es el resultado de esa pesquisa. Y es, también, la consecuencia de un itinerario que obligó a Maya a transformarse en una mariposa callada, en un aire silencioso capaz de colarse por las ranuras del barrio La Merced: un territorio lleno de hoteles baratos, niños, ladrones, templos, traficantes, iglesias y prostitutas. “Todas estas circunstancias me permitían ahondar en las raíces de los tópicos que me desvelaban: la desigualdad, la transgresión, el cuerpo, el sexo, la virginidad, la maternidad, la infancia, la vejez, el deseo y nuestras creencias –escribió Maya en una presentación de su ensayo-. Quería hablar de amor y desamor. Quería saber de mujeres”.

Maya fotografió prostitutas, clientes, el barrio. Y lo hizo a través de un prisma que revestía las imágenes de iguales dosis de crudeza, respeto y dulzura. En muchas oportunidades, su primer acercamiento se hizo mediante un recurso valiente: Maya les pagaba a las mujeres para meterse en un hotel de paso. Ese dinero, lejos de poner distancia, operaba de un modo opuesto: la transacción ubicaba a Maya ya no en protagonista, pero sí en parte de la historia.

– Cuando hago mis fotos, siempre que se pueda me gusta pasar mucho tiempo platicando y conviviendo. Así tienes más idea de qué fotografiar, te quitas tus prejuicios y puedes salirte del cliché de la prostituta parada en la calle.

– Hay una foto muy bonita, que muestra a una señora con su cliente de hace cincuenta años…

– Es una foto muy especial. Me pareció muy bonito documentar las relaciones largas que se hacen en la prostitución. Esa mujer me hablaba todo el tiempo de sus clientes y me di cuenta de que quería muchísimo más a sus clientes que a su marido, del que le daba flojera hablar. Recuerdo que sentí pudor la primera vez que me acerqué a esa mujer. Me dio pena decirle “oye, a cuánto el cuarto y nos metemos y te tomo unas fotos”. Me apenó porque se trataba de una mujer mayor y uno tiene todas esas ideas previas sobre la vejez, ¿no? Recuerdo que entramos al hotel y, en el acto, conforme atravesaba el pasillo, ya no era la viejita que tejía en la calle. Era una mujer que había vivido toda su vida de ser puta.

La “viejita” fue la primera historia emprendida por Maya. Luego de ese primer impulso, inició lo que terminaría siendo un largo recorrido externo pero también interno. A lo largo de cinco años, la cámara fue la puerta que le permitió ver cómo es ese universo silenciado que, en términos sociales, debe abrirse paso a dentelladas.

– Esos cinco años tomando fotos me enseñaron qué soy y de qué formo parte. Se cree que la fotografía documental no tiene que ver con tu vida, pero ponerte en contacto con la realidad, enfrentarte a ella, hace que te vayas conociendo más y vayas sanando o repensando tu propia historia.

– Muchos documentalistas son más partidarios de la distancia. De retratar sin involucrarse…

– Pues eso no me pasa a mí. Cuando fotografío, me siento en un caos que no sé bien cómo acomodar. Me meto en las recámaras de las casas, en las vidas de la gente, y luego viene ese inmenso problema de los límites. Porque meterte tan adentro tiene muchas consecuencias. Esa parte todavía no logro resolverla.

– Tú también te desnudas cuando tomas esas fotos.

– Es que tienes que abrirte al otro. Creo que ése es el documental que vale la pena: el que sucede cuando tratas de entender lo humano, sus miedos, sus pasiones. Y eso me parece un ejercicio muy bonito. Sobre todo porque la complejidad no se revela inmediatamente, exige que tú también te impliques.

– Tus fotos más íntimas son aquellas donde las mujeres, como producto de ese acercamiento, te han invitado a pasar a sus casas.

– Sí. Y los resultados de esa relación suelen ser muy bonitos. En Tierra Negra le dije a una de las mujeres con las que vivía: “Planea una foto que quieras que yo te regale”. Entonces un día llegué a su casa y estaba con un vestido ajustado y con todos sus nietos presentes. Entonces empezó a bailar cumbia delante de sus nietos y el agua se derramaba sobre su vestido y la escena me pareció de una inmensa sensualidad. Cuando haces que la gente participe, cuando dejas que la realidad te sorprenda, todo se vuelve más rico, más complejo y más alejado de cualquier lugar común.

Cuando el azar irrumpe, dice Maya, las imágenes se vuelven invencibles. A modo de ejemplo, evoca la historia que se esconde detrás del retrato de la niña en vestido de baile al lado de la Santa Muerte. Esa imagen sucedió cuando Maya estaba haciendo una serie sobre la Santa Muerte y –con ese fin- estaba fotografiando al padre de la niña. Eran, recuerda, unas imágenes bravas: sombrías. Hasta que de improviso se abrió una puerta y apareció esa criatura vestida de rosa, y Maya se desarmó.

– En el acto, me olvidé del papá.

Pero, sobre todo, se olvidó de sí misma. Y ahí, en ese instante, el mundo –todo el mundo que explota en una imagen- se hizo presente.

 

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